sábado, 18 de abril de 2026

Canal Curiosidades : Este volcán fue responsable de una de las mayores erupciones de la historia y se está rellenando de magma

 Curiosidade


Los volcanes han sido, en la historia del planeta, los principales arquitectos de un mundo habitable, transformando una roca inerte en un sistema dinámico capaz de albergar vida. Al liberar gases atrapados en el manto, las erupciones primitivas generaron la atmósfera inicial y el vapor de agua que, al condensarse, dio origen a los primeros océanos. Además de estabilizar el clima mediante el ciclo del carbono, la actividad volcánica proveyó los minerales esenciales y la energía térmica necesaria para que las primeras moléculas orgánicas se organizaran. El vulcanismo fue, en muchos sentidos, el motor que encendió la chispa biológica en la Tierra. Pero hay volcanes y volcanes.

Algunos entran en erupción y otros cambian el clima del planeta, alteran continentes y dejan cicatrices visibles incluso millones de años después. Bajo la superficie aparentemente tranquila del Parque Nacional de Yellowstone se encuentra uno de estos últimos: un sistema volcánico tan vasto que no se expresa en forma de montaña, sino como una caldera, una depresión gigantesca fruto de antiguas explosiones.

Durante mucho tiempo, la narrativa en torno a Yellowstone ha oscilado entre el alarmismo y la tranquilidad. Hace unos 640.000 años, la última gran erupción expulsó alrededor de 1.000 kilómetros cúbicos de material volcánico, suficiente para cubrir regiones enteras con capas de ceniza de varios metros de espesor. Pero esa no fue la mayor. Si retrocedemos aún más, hasta hace unos 2,1 millones de años, encontramos un evento todavía más colosal: cerca de 2.450 kilómetros cúbicos de roca fundida, cenizas y gases liberados en una sola erupción. Para ponerlo en perspectiva, hablamos de volúmenes miles de veces superiores a los de erupciones históricas como la del Monte Santa Helena en 1980. Pero Yellowstone no es el único.

Al otro lado del planeta, parcialmente oculta bajo el mar, se encuentra otra de estas cicatrices geológicas: la caldera Kikai, en Japón. Hace unos 7.300 años protagonizó una de las mayores erupciones del Holocenoliberando entre 300 y 500 kilómetros cúbicos de material. La explosión fue tan violenta que cubrió amplias regiones del sur de Japón con ceniza volcánica y probablemente contribuyó al colapso de culturas humanas de la época. No alcanzó la escala de las mayores erupciones de Yellowstone, pero se situó en un rango capaz de alterar de forma significativa el entorno regional.

Y, como Yellowstone, Kikai tampoco está muerta. Un estudio reciente publicado en Nature Geoscience, junto con observaciones geofísicas analizadas por científicos de Universidad de Kobe, apunta a que el sistema magmático bajo la caldera no está inactivo, sino en constante evolución. El magma no permanece quieto como un lago subterráneo. Se mueve, se mezcla, se enfría y se recalienta. Y, sobre todo, se recarga.

De acuerdo con los autores, liderados por Nobukazu Seama, bajo Kikai se extiende un sistema complejo de reservorios magmáticos que suman miles de kilómetros cúbicos de material parcialmente fundido. No todo ese material está listo para erupcionar, pero sí lo suficiente como para mantener un sistema activo. La imagen más ajustada no es la de una bomba a punto de estallar, sino la de un organismo que respira lentamente. El terreno se eleva y se hunde a lo largo de los años, los enjambres sísmicos se repiten, el calor fluye hacia la superficie alimentando géiseres y fuentes termales.

Y el equipo de Seama sugiere algo importante: esa recarga de magma puede producirse en escalas de tiempo más rápidas de lo que se pensaba. No hablamos de una erupción inminente, pero sí implica que estos sistemas no son estructuras pasivas que esperan durante cientos de miles de años sin cambios. Son dinámicos, sensibles, y capaces de reorganizarse internamente en periodos relativamente cortos desde el punto de vista geológico.

“Debemos comprender cómo se pueden acumular cantidades tan grandes de magma para entender cómo se producen las erupciones de calderas gigantes”, confirma Seama en un comunicado.

Si alguna vez ocurriera una nueva supererupción, sus efectos serían profundos, pero conviene alejarlos del terreno del apocalipsis fácil. A escala regional, grandes extensiones de las islas japonesas quedarían cubiertas por ceniza, afectando a la agricultura, al suministro de agua y a las infraestructuras. A escala global, los aerosoles volcánicos podrían enfriar temporalmente el clima, alterando patrones meteorológicos durante años. No sería el fin del mundo, pero sí un evento de enorme impacto.

Lo que sí revela el estudio es algo más interesante: Kikai no es una amenaza latente en espera de activarse, sino un sistema que nunca ha dejado de estar activo. Su aparente quietud es solo una ilusión a escala humana.

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