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La fama y prosperidad de esta región de Austria viene de antiguo, mucho antes de la época imperial. Concretamente de la sal (salz), mineral que ya se extraía hace más de 7.000 años. Lo demostró en 1846 el ingeniero de minas Johann Georg Ramsauer cuando dio por casualidad con un enterramiento prehistórico mientras excavaba una cantera en Hallstatt. Los primeros trabajos de los arqueólogos confirmaron que se trataba de unas 900 sepulturas de entre el 800 a.C y el 450 a.C. Lo sorprendente era que las tumbas contenían piezas elaboradas con materiales preciosos –ámbar, bronce o marfil– procedentes de lugares tan alejados como el Báltico, la península Itálica e incluso el norte de África. Aquellos valiosos ajuares eran la prueba de que este rincón austriaco era ya entonces una rica encrucijada. Y lo sigue siendo.
Rosario lacustre
La plácida región de los Alpes del Salzkammergut contiene todo lo que uno espera hallar cuando viaja a Austria. Hay en ella toda una constelación de lagos glaciares como Attersee, Fuschlsee, Mondsee o Wolfgangsee, a los que los austriacos acuden a nadar en verano y donde, antes de que llegue el invierno, los aficionados a la pesca pasan las horas rodeados de bosques de brillante coloración otoñal.
Un glaciar atrapante
No todas las cumbres son para expertos, algunas no requieren de ningún esfuerzo físico. A más de mil metros de altitud, los viajeros hacen cola para sacar fotos vertiginosas en las que abundan los abismos y los peñascos rocosos mientras que, abajo, se divisan los valles y pueblecitos a modo de maqueta de tren. Y todo ello sin haber sudado una gota.
Para ello son especialmente deseadas las cimas del Schafberg (1.783 m), a la que se accede con un tren cremallera, y del Feuerkogel (1.592 m), que dispone de un teleférico. Aunque el paroxismo de la «fotografía-con-entorno-épico» está en el glaciar Dachstein, situado al sur de Hallstätter See. Esta masa de hielo del cuaternario que en invierno aporta felicidad a los esquiadores, ejerce también como parque de atracciones de las alturas gracias a una serie de plataformas con suelo de cristal, un puente colgante sobre los precipicios y una cueva glaciar decorada con esculturas de hielo.
Bad Ischl, el edén de la nobleza austriaca
En Salzkammergut hay lagos prístinos, montañas picudas y también un puñado de pueblos encantadores cuyo nombre empieza por el prefijo «Bad», que denota que en sus dominios fluyen las aguas mineromedicinales. Son, entre otras, las bellas Bad Aussee –también asentada junto a un lago– o la célebre Bad Ischl, donde el médico vienés decimonónico Franz Wirer investigó y desarrolló las terapias basadas en los baños de salmuera.
Una cosa llevó a la otra y, en 1820, se abrió un primer balneario altamente recomendado por médicos de todo el imperio al que acabaron acudiendo el emperador Francisco José y la que más tarde sería su esposa, Isabel de Baviera, conocida por todos como Sisi. Bad Ischl fue, así, punto de encuentro de la elegancia y el buen gusto durante décadas hasta que, en 1914, el emperador –desde la misma villa en la que años atrás se había comprometido con la bella Sisi– declaró la guerra al Reino de Serbia y daría comienzo a la primera gran contienda mundial.
Hallstatt, la foto perfecta
Hallstatt es otro de esos enclaves que gustaban a la élite imperial del siglo XIX y que, en 1997, impresionaron a los técnicos de la Unesco, que lo declararon Patrimonio de la Humanidad por su espectacular entorno alpino. Las vistas de las casas de madera tradicionales y su iglesia evangélica reflejándose en el Hallstätter See, en efecto, merecen ese reconocimiento.
Pero Hallstatt no solo fue listada en la Unesco por su belleza de portada, sino también porque a poca distancia del núcleo urbano se halló aquella necrópolis de la Edad de Hierro repleta de tesoros. Los historiadores la consideran la mina de sal más antigua del mundo, pues se usaba hace 7.000 años y en la que ha habido actividad ininterrumpida desde el 1.500 a.C. Y lo mejor es que está abierta al público y permite hacerse una idea de la importancia de aquel producto a lo largo de los siglos.
En este valle, la extracción y el comercio de la sal forjó una de las primeras regiones industriales del mundo. El mineral salía de aquí hacia el resto del país mientras que, en sentido contrario, llegaban todo tipo de materiales, como bronce, madera de roble y ciertos alimentos que se traían desde lugares lejanos. Los hallazgos arqueológicos –el entorno salino preservó tejidos, herramientas de madera y otros materiales orgánicos– revelaron que los trabajadores y sus familias habían alcanzado un bienestar insólito para la época.
En los siglos venideros, la red comercial de la sal se alzaría como el motor económico de los Alpes orientales de lo que hoy es Austria. La etimología da muchas pistas sobre todo lo que aquí se construyó gracias al llamado «oro blanco». Los vocablos hall (sala) y salz (sal), que provienen del alemán medieval, aparecen muchas veces en la toponimia, desde Hallstatt y Hallein hasta la ciudad de Salzburgo.
Zell am See, el culto por el turismo sostenible
Durante siglos, los comerciantes que cruzaban Salzkammergut con bienes que se compraban y vendían en los mercados tenían un punto estratégico de posada y fonda en la bella Zell am See. Esta localidad repite imagen idílica de pueblito apostado junto a un lago de aguas cristalinas rodeado de altas montañas.
Este entorno que a tantos caminantes vio transitar en el pasado es ahora una de las zonas de Austria más comprometidas con el medio ambiente. En Zell am See todo está enfocado para que los viajeros del siglo XXI pasen por el territorio sin dejar demasiada huella ambiental. Aquí es religión las energías renovables, los materiales de construcción sostenibles, los programas de reducción de residuos, la apuesta por los ingredientes locales y los medios de transporte no contaminantes.
De hecho, el tren es el medio más utilizado por los excursionistas que llegan hasta Zell am See con la intención de subir alguna cumbre o de pasear entre bosques. Y muchos de los establecimientos de la zona, ya sean hoteles de lujo, sencillas pensiones o cabañas alpinas, ostentan la certificación ECO, un título que otorga el gobierno austriaco por las buenas prácticas en materia de sostenibilidad.
Zell am See está rodeada de montañas accesibles en teleférico, gargantas fluviales recorridas por senderos acondicionados y, además, cuenta con diversas opciones acuáticas para disfrutar en todas las épocas del año. Haciendo honor a su pasado, la localidad aloja un buen número de gasthaus o tabernas tradicionales en las que comer especialidades autóctonas.
Seguramente aquellos viajantes medievales ya probaran el típico kasnockn, hecho a base de pasta casera, queso alpino fundido y cebolla crujiente, que es el sello culinario regional de Zell am See. En esta región también vienen de antiguo el gulasch (estofado de carne) y el kaiserschmarrn, un dulce vinculado al emperador austrohúngaro Francisco José I, que se prepara a modo de crepe desmigajada y que se suele acompañar con mermelada.
Salzburgo, el esplendor del barroco
Durante la Edad Media toda la sal que se extraía, entre otras, de las minas de Hallstatt, era transportada a Salzburgo en grandes barcazas a través del río Salzach, no sin antes pagar los preceptivos impuestos de entrada a la ciudad. Aquello enriqueció enormemente a los príncipes-arzobispos –ellos controlaban todo lo relativo a los peajes, el mercado y la distribución de los productos–, quienes gracias a este lucrativo comercio financiaron la transformación urbanística de Salzburgo.
Entre los siglos XVI y XVIII, en pleno auge del barroco, aquellos gobernantes dieron forma a la ciudad que hoy conocemos. Salzburgo amplió y embelleció el Hohensalzburg (castillo), la catedral, la Universidad con su colegiata y también la Alte Residenz o residencia arzobispal, para la que no se escatimaron mármoles, estucos y pinturas italianas. Pero si alguien se superó en la concepción y el diseño de una residencia ajardinada fue el príncipe-arzobispo, Markus Sittikus, quien quiso construir su casa de verano de un modo distinto y completamente original. Lo consiguió –y de qué manera– dotando a los jardines del Palacio de Hellbrunn con una miríada de grutas secretas, autómatas acuáticos y fuentes con mecanismos ocultos que dejaban atónitos a sus invitados.
Palacio de Mirabell, para sentirse como príncipes
Hoy en día, los turistas acuden en romería a estos suntuosos espacios donde pasear entre lujos e imaginarse metido en la piel de un príncipe o princesa está al alcance de cualquier bolsillo. Para ello también es muy propicio el céntrico parque de Mirabell que, con sus plantíos de flores multicolores y sus estatuas de mármol, sirvió de rincón amoroso al todopoderoso príncipe-arzobispo Wolf Dietrich von Raitenau en el siglo XVII.
Para uso y disfrute de su amante y madre de sus quince hijos, Dietrich von Raitenau mandó construir el Palacio de Mirabell, un capricho barroco inspirado en el estilo italiano del momento. Sus lámparas de lágrimas y molduras doradas son ahora muy populares entre las parejas que desean una boda clásica. Uno de los famosos que lo hicieron fue la hermana de Eva Braun, Gretl, quien se casó aquí en presencia del mismísimo Adolf Hitler, de Heinrich Himmler y del resto de peces gordos del partido nacionalsocialista.
También de amor entre parterres va la cosa en el vecino castillo de Leopoldskron, donde se rodaron algunas de las escenas más románticas de Sonrisas y Lágrimas (1965), una película de la que por mucho que pasen los años Salzburgo no se quiere desvincular. El motivo es fácil de entender: las estadísticas apuntan que, pasados 60 años del estreno del film, a Salzburgo siguen acudiendo anualmente más de 350.000 turistas tras la estela de Julie Andrews y sus coloristas performances.
La tradición del café vienés
Otro de los motivos que atrae a las multitudes hasta Salzburgo son las cafeterías históricas, locales de belleza elegante de los que la ciudad presume desde hace años, décadas, siglos. Los austriacos heredaron de los turcos la pasión por el café tras el sitio de Viena de 1683, y fueron los primeros europeos en adoptar este exótico brebaje que acabaría prendando al resto del continente. Tras él llegaron las tardes degustando tarta en sociedad que se inventarían unos siglos más tarde en la corte de la reina María Teresa de Austria.
En la plaza Alter Markt se ubica el Café Tomaselli que, inaugurado en 1703, fue el primero que abrió en Salzburgo. El mismísimo Mozart era un cliente habitual de este legendario establecimiento que, por cierto, está regentado por la misma familia desde hace más de 300 años. Hoy sigue manteniendo ese gusto clásico por las mesas de mármol, los camareros vestidos con pajarita y los pasteles superlativos.
Muy cerca de aquí, dentro del casco histórico, un pastelero creó en 1905 un bombón esférico relleno de mazapán en honor a Wolfgang Amadeus Mozart. En pleno siglo XXI, el Café Konditorei Fürst poco ha cambiado desde entonces: sigue en el mismo lugar y usando la misma receta que ideara el repostero John Fürst. Solo el nombre del bombón cambió de «Mozartsweet» a «Original Salzburger Mozartkugel», para diferenciarse de todos los imitadores que llegarían después.
De Mozart a la tarta Sacher
Al otro lado del río hay un último rincón para caer en la dulce tentación: el Café Sacher Salzburg, ubicado en el Hotel Sacher, hermano del emblemático hotel homónimo en Viena. El joven repostero Franz Sacher nunca imaginó que su tarta daría la vuelta al mundo cuando la inventó para incluirla en un menú de alto postín en 1832. Hoy es el dulce distintivo de todo un país.
Pero Salzburgo es, sobre todo, la cuna de Mozart, uno de los genios más precoces de todos los tiempos. La casa natal del músico en el número 9 de la Getreidegasse y la Mozart Wohnhaus, la que más tarde fuera su residencia en Markplatz, son ahora sendos museos que repasan una vida llena de luces y éxitos, pero también de sombras en forma de penurias económicas y de una muerte prematura a los 35 años.
Además de las exposiciones, los bombones y las esculturas de Mozart repartidas por la ciudad, también se rinde un homenaje sonoro al artista de la mano de las orquestas locales: la Orquesta del Mozarteum, la Filarmónica de Salzburgo, la orquesta de cámara Camerata Salzburg y la Orquesta Sinfónica de la Universidad Mozarteum organizan conciertos dedicados al genial compositor a lo largo de todo el año.
colina de Kapuzinerberg
Molduras doradas, columnas salomónicas, escalinatas, retablos majestuosos...no hay que atosigarse con los encantos palaciegos de esta Salzburgo, que es un pastel barroco sobre el que Stendhal habría escrito muchos adjetivos grandilocuentes. Para tomar distancia del cogollo urbano –y a la vez conseguir unas fotos de impacto– hay quien sube los empinados escalones que conducen a la colina de Kapuzinerberg.
No hay opciones mecánicas para ascender a su cumbre, por lo que las piernas son el único medio posible para coronarla, igual que tantas veces hicieran los monjes del monasterio capuchino que la habitaron. También el escritor austriaco Stefan Zweig vivió en esta atalaya entre 1919 y 1934, antes de que el ascenso del fascismo lo obligara a marcharse para nunca volver. Desde aquí el viajero, sin embargo, siente que sí que regresará.