Una mantequería era el lugar donde se vendían productos lácteos como mantequilla, quesos y leche y también otros productos frescos. Más tarde se incluyeron los embutidos. De ahí viene el nombre de Mantequería Lasierra (Rosellón, 160), la tienda de víveres que han regentado tres generaciones de los Lasierra desde 1953. En este caso era un establecimiento a medio camino entre una charcutería y una tienda de víveres donde el abuelo ya comenzó a incorporar productos gurmet.

La historia de los Lasierra en esta escondida de la calle de Aribau con Rosselló, en la Antigua Izquierda del Ensanche, se remonta a siete décadas atrás, pero las raíces de la tienda son anteriores. Antes, en 1900, fue la droguería La Nueva Maravilla, que dio servicio hasta 1953, cuando el abuelo del propietario actual, Ramón Lasierra, vio un cartel de traspaso del establecimiento y no se lo pensó. Lasierra cogió las riendas y rebautizó la tienda con el apellido de la familia.

La Nueva Maravilla, primera tienda de víveres

"Es un palacio del buen beber y de la buena comida"

"Antes no existían los supermercados y una tienda de víveres tenía que tener detergente, azúcar... Y él, como si tuviera algún tipo de intuición, ya veía que eso iba de caída e intentó especializarse en buenos vinos, buenos cavas, pasta, conservería, quesería...", recuerda el nieto del fundador con el mismo nombre, Ramón Lasierra, en un reportaje del B de gusto.

En tiempos de supermercados han optado por la especialización con productos de calidad y proximidad y una seleccionada vinoteca. "Es un palacio del buen beber, de la buena comida y para los amantes de gustos exquisitos".




Esta historia la han escrito tres Ramónes Lasierra que han visto como el barrio y la clientela iban cambiando: "Antes en estos barrios había mucha vida de familias porque vivían en estos pisos, ahora hay muchas oficinas y estas familias se han alejado por el precio de la vivienda", dice el padre. Sin embargo, siguen teniendo clientes fieles e incluso gente que viene a buscar productos concretos que "en otro lugar no encuentran".

Escaparate relleno de productos

Las estanterías centenarias están ataviadas de conservas, vinos y cavas; las neveras, de embutidos y quesos, y el escaparate es un clamor a entrar y charlar y seguro que comprar algún buen producto. "Las tiendas se diseñaban para que tuvieran un escaparate más ancho y yo no he cambiado mucho la manera de hacer. Nada de escaparates minimalistas, lo queremos relleno con la máxima oferta posible. Y ya será el cliente quien decida qué quiere".

Escaparate de Mantequería Lasierra

Etiquetas a mano con toda la información del producto

Aparte del mobiliario también se conserva la manera de hacer y el padre, ya jubilado, continúa la tradición de hacer las etiquetas a mano y con toda la información de los productos: "Tú tienes que indicar qué es y de dónde viene y, como mi padre siempre ha tenido muy buena caligrafía, de tanto en tanto se lo pido". De hecho, el padre explica que estas etiquetas le han dado un montón de anécdotas y conversaciones con la clientela cuando leían el lugar de procedencia de los productos: "Yo voy a hacer la mili aquí o mi familia vivo".

Etiquetado manual de la tienda

"Si tuviera que pagar un alquiler no sería viable"

Unos de los motivos que explican que el establecimiento siga adelante es la visión de futuro del abuelo, que decidió comprar el local: "Siempre con aquella intuición profética. Intuyó que el precio de la vivienda sería un problema. Si hoy yo tuviera que pagar un alquiler no sería viable".

A pesar de tener el local de propiedad deben velar por la venta. Por eso no tienen productos de lujo y apuestan por la calidad, pero a un precio asequible. Lasierra explica que quiere que el producto se venda y rote y el cliente quiera repetir. Por eso, por ejemplo, no tienen grandes espumosos ya que quizás sólo vendrían uno al año: "De aquí viene la frase: 'Ramon, recuerda que tenemos una tienda, no un museo'. Hay gente que entra, las admira, las fotografía para las redes, pero no las compra y la función de la tienda es proveer de servicios a los clientes".

Todo cambia, pero todo sigue. "Si antiguamente te tenías que embrujar muchos las manos, ahora todo llega envasado", si antes se abría el sábado por la tarde, ahora se cierra, pero una de las grandes responsabilidades perdura: "Tengo que velar por el legado de mi abuelo, de mi padre y de una pequeña porción de Barcelona, porque este local forma parte de la historia de la ciudad, del barrio, y es el que nos conecta con nuestro pasado".

Lasierra apunta satisfecho que son "el único establecimiento de víveres que es centenario, de propiedad y llevado por la tercera generación de la familia".

Ramon Lasierra, tercera generación