Todo el mundo lo aprendió en el colegio: la estalactita nace de una gota que cae, que siempre cae, y deja tras de sí un hilo de calcita fino pero constante. El tiempo —no el nuestro, sino el de la tierra, que casi es eterno— va acumulando esos hilos hasta construir las columnas que reconocemos en cualquier cueva. Y ahí está el dato que siempre se cuenta: un centímetro cada mil años. La gravedad manda, y la estalactita va hacia abajo, al encuentro de su negativo, la estalagmita. Esto es lo que todos saben. Lo que es más desconocido es que existe una familia de estalactitas que va por libre: crecen de lado, hacia arriba, en espiral, describiendo curvas caprichosas. Se llaman helictitas, o estalactitas excéntricas, y responden a una física de la capilaridad. Una de las mayores concentraciones en un único espacio se encuentra en el «Lejano Oeste» de Bizkaia (algunos señalan que es la mayor concentración de estas estalactitas en el mundo).
GALAXIA GEOLÓGICA
Karrantza es el municipio más grande de Bizkaia. No tiene costa, ni museo Guggenheim, ni pintxos de diseño; pero tienen prados, vacas, caseríos dispersos, hayedos, algún que otro dolmen y, lo más singular, debajo de todo lo que vemos, hay una galaxia geológica de cuevas y simas, como si el valle entero flotara sobre el vacío. En uno de esos vacíos, en el flanco sur del macizo de las Peñas de Ranero, está la cueva de Pozalagua, una «catedral» subterránea con una sala única de 125 metros de longitud por 70 metros de anchura y 12 metros de altura, flanqueada cerca de su entrada por cuatro simas gemelas que alcanzan los 40 metros de profundidad.
PURA EXCENTRICIDAD
El edificio que alberga la entrada a la cueva es mínimo, casi podría pasar desapercibido si no fuera por los rótulos de señalización. El interior es un microclima de trece grados constantes y una humedad cercana al cien por cien que pega la ropa a la piel y hace que el aliento se vuelva visible incluso en agosto. Aquí todo el protagonismo es para la geología. En concreto, por la Sala Versalles, la galería principal ubicada al final de la cueva. Puede parecer un nombre excesivo; pero cuando llegamos a ella a través de las plataformas metálicas comprendemos que no.
La bóveda de la sala parece una fantasía rococó compuesta por miles de helictitas blancas, algunas de más de treinta centímetros, que crecen en todas las direcciones posibles simultáneamente, horizontales, curvas, oblicuas, anudadas. Visualmente se asemejan a raíces de árboles, flores o corales caprichosos. La gama de colores va del blanco níveo de la calcita pura al marrón oscuro donde el hierro ha teñido la piedra. No hay dos iguales. Además, de las excéntricas, se pueden ver estalactitas y estalagmitas ortodoxas, columnas, que son la unión de ambas, coladas y estalactitas tubulares conocidas como "macarrones".
RELOJ DE PIEDRA
Más allá de la espectacularidad de todas las formaciones de su interior, la cueva de Pozalagua es un enorme reloj de piedra con miles de años de historia climática. La paleoclimatología tiene aquí uno de sus referentes mundiales, ya que permite escribir una de las crónicas más detalladas de la Tierra. Digamos que cada gota guarda la información científica que permite reconstruir medio millón de años de la historia ambiental de Bizkaia, desde el Pleistoceno Medio hasta el Holoceno. Al salir, el tajo de la antigua cantera enmarca el valle verde de Karrantza. Las vacas pastan abajo, indiferentes al secreto que guardan las profundidades del valle.




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