miércoles, 14 de octubre de 2026

Canal Curiosidades : La escalofriante leyenda del convento que albergó el suelo de la infamia

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En la Plaza de Idrissa Diallo, conocida hasta el año 2022 como la Plaza de Antonio López, se levantó el convento de San Sebastián y el Fossar de la Sentència, el cementerio destinado a los ejecutados por la justicia. Los orígenes del primer edificio se remontan al año 1506 cuando la peste asoló Barcelona. Como muestra de gratitud el ilustre ciudadano Feliu de la Peña promovió una votación popular para levantar una pequeña iglesia bajo la advocación de San Sebastián.

La primera piedra se colocó en la hoy desaparecida calle Capmany, justo en la parte trasera del histórico edificio de La Llotja. La ceremonia estuvo presidida por el conseller en cap Pedro de San Climent. El 3 de marzo de 1507 se consolidó el proyecto con la fundación de la Cofradía del Santo Asaeteado, y décadas más tarde, el 18 de enero de 1540, el obispo de la ciudad bendijo una notable imagen de plata de San Sebastián para presidir el lugar.

Tras la caída de Barcelona en 1714 la capilla perdió la protección de los consejeros municipales y pasó a denominarse del Espíritu Santo. En 1715, con motivo de la demolición del barrio de la Ribera para construir la la Ciudadela, el rey Felipe V entregó la capilla de San Sebastián a los Clérigos Regulares Menores, conocidos como los padres caracciolinos, a modo de indemnización por las pérdidas sufridas.

Hacia 1719, los frailes caracciolinos iniciaron la construcción de un nuevo convento en el solar adyacente. El recinto, cuya puerta principal daba a la plaza de la Fuente del Ángel, rebautizada en 1865 como plaza de San Sebastián y en 1883 como plaza de Antonio López, delimitaba también con la calle del Consulado, la calle Capmany y el Paseo de Isabel II.

Destacaba su singular arquitectura conocida como la casa de las dos torres, dotada de entresuelo, tres plantas altas y un claustro de unos 20 por 16 metros, con galerías de arcos semicirculares apoyados sobre robustas columnas toscanas de piedra. Dentro de sus muros los frailes crearon una escuela para hijos de militares destinados en la cercana Ciudadela y, en 1815, amparándose en una proclama de Fernando VII, abrieron una escuela gratuita para niños sin recursos, reafirmando su vocación docente.

Detrás del convento estaba el Fossar de la Sentència, activo de 1507 a 1835. La misión espiritual de los frailes caracciolinos consistía en asistir a los condenados a muerte en sus últimas horas de agonía y, tras el cumplimiento de la pena capital, darles sepultura en aquel camposanto contiguo. Para aquella sociedad el lugar de enterramiento reflejaba de manera fidedigna la jerarquía social y la solvencia moral del difunto.

Mientras la nobleza y la alta burguesía descansaban bajo los losados de las iglesias o en opulentos claustros y el pueblo en fosas parroquiales, los ejecutados por la justicia eran considerados seres impuros. El Fossar de la Sentència era el terreno destinado a quienes morían en la horca o por decapitación.

Las ejecuciones públicas en la Barcelona de los siglos XIV al XVIII eran macabros espectáculos concebidos como escarmiento ejemplar. Los patíbulos se levantaban en el Pla de Palau o la explanada de la Ciudadela. Los cadáveres permanecían expuestos al escarnio público antes de ser arrojados al fossar. Este cementerio carecía de las bendiciones plenas de un cementerio común. Era un suelo de infamia donde los restos se depositaban sin apenas ceremonia, en fosas anónimas y sin lápida.

La asistencia y traslado de los cuerpos recaía en la Archicofradía de la Preciosísima Sangre de Nuestro Señor Jesucristo, con sede en la Basílica de Santa Maria del Pi. Sus miembros, ataviados con túnicas y capirotes, ejercían la caridad de recoger los cadáveres para evitar que quedaran expuestos al aire libre o fuesen devorados por los animales. Disponía de dos imágenes de Cristo. Si salía el Cristo pequeño se ejecutaba a un solo reo. Si aparecía el Cristo Grande eran ejecuciones múltiples de tres o más personas.

Dada la frecuencia de las ejecuciones y la poca profundidad de las fosas, los huesos quedaban al descubierto. En fechas señaladas como el Domingo de Ramos o el Jueves Santo, se celebraba la Procesión de los Huesos, donde los restos eran enterrados en una fosa interior del convento para reposar en tierra bendecida antes de la Pascua.

El estigma del verdugo de Barcelona estaba íntimamente ligado al convento de San Sebastián, a donde acudía con frecuencia en busca de consuelo y absolución. Era una figura tan repudiada que la sociedad rechazaba cualquier contacto físico con él. En las tahonas, para evitar el contacto mano a mano, el panadero depositaba la hogaza boca abajo en el mostrador. De este ritual nació la superstición catalana de que colocar el pan del revés en la mesa atrae la mala suerte o llama a la muerte.

El imaginario popular convirtió la zona en un enclave maldito. Se creía que en las noches de niebla, cuando la brisa del puerto se adentraba por las callejuelas de la Ribera resonaban los lamentos de las almas en pena de los ejecutados. La leyenda sostenía que, en ciertas madrugadas del año, una espectral procesión de frailes encapuchados salía del convento de San Sebastián hacia el mar, recreando el último paseo de los condenados.

La vida comunitaria de los padres caracciolinos llegó a su fin El 5 de agosto de 1835, cuando un devastador saqueo forzó su abandono. El inmueble fue adquirido por la Junta de Comercio de Cataluña. Esta remodeló el interior para impartir enseñanzas científicas y técnicas gratuitas. La planta baja albergó locales comerciales como el Gran Café del Comercio y el Cinematógrafo Español de José Ubach, mientras que en las plantas superiores se instalaron las oficinas de la naviera Vapores Correos Españoles de Pinillos Izquierdo y Cía. Con la apertura de la Vía Layetana el edificio fue derribado. La piqueta engulló la calle Capmany y los cimientos del monasterio para dar paso a la gran arteria moderna y reordenar la plaza.



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