domingo, 27 de septiembre de 2026

Canal Viajar : Porto Ercole, el pueblo de Italia donde la 'dolce vita' sigue mirando al mar

  Canal Viajar

Cuando llega la última hora de la tarde, la italiana Porto Ercole recupera su mejor versión. Los barcos regresan al puerto, las terrazas se llenan lentamente y la luz suaviza las fachadas de color ocre que trepan por la colina. Una Vespa atraviesa el paseo. Alguien recoge la ropa del balcón. Los camareros se mueven entre las mesas cuando llega la hora del aperitivo. En realidad nada parece extraordinario, y ahí está parte del encanto de este enclave en la costa del Argentario. La escena podría repetirse hoy o dentro de una década.

Este es uno de los lugares a los que la gente regresa. Las familias romanas que llevan generaciones pasando los veranos aquí. Los navegantes que conocen cada cala y quienes buscan un Mediterráneo que conserva su ritmo. Argentario no se parece demasiado a la Toscana que se suele imaginar. En vez de los campos infinitos de cipreses, aquí aparecen pinares que descienden hacia el mar y acantilados esculpidos por el viento.

Apenas a una hora y media en coche desde el aeropuerto de Roma (o en tren hasta Orbetello-Monte Argentario, a 10 kilómetros del pueblo), y a poco más de dos horas desde Pisa, los casi 3.000 vecinos de Porto Ercole han conseguido preservar algo cada vez más difícil de encontrar en el Mediterráneo: la sensación de estar en un lugar donde la vida cotidiana parece seguir marcando el ritmo.

Antes de que llegara Instagram, el fotógrafo estadounidense Slim Aarons (1916-2006) convirtió esta costa en uno de sus escenarios favoritos. Sus fotografías ayudaron a construir el imaginario de la dolce vita, retratando comidas interminables, barcos de madera, piscinas frente al mar y una elegancia que parecía surgir sin esfuerzo. Por delante de su cámara pasaron Gianni Agnelli, Lee Radziwill, los Getty o la familia Missoni… y muchas de aquellas escenas inmortalizadas siguen pareciendo posibles.

Las mañanas transcurren despacio en Porto Ercole; hay quienes comienzan el día con un expresso mirando al mar y los que prefieren perderse por las calles que rodean el puerto, donde se suceden pequeñas boutiques. Fue en una de esas tiendas donde empecé a entender mejor el pueblo. Había llegado la noche anterior y, después de descubrir que durante las noches aquí a veces corre un poco de fresco (aunque durante el verano son muy calientes, con temperaturas que suelen rondar los 30 grados de día y 25 grados de noche o más), entré en Ester Gi en busca de una capa ligera. Mientras me la probaba, Ornella, la encargada, empezó a hablar de Porto Ercole como solo hablan los italianos de los lugares que quieren. La Sirena para cenar pescado. O la Hosteria Alicina. O Il Gambero Rosso. Una recomendación llevaba a la siguiente y, antes de darme cuenta, ya no hablábamos de restaurantes, sino del pueblo. Ornella lo conoce bien, porque durante 14 años trabajó en la boutique del Hotel Il Pellicano y ha visto pasar generaciones de familias que repiten cada temporada. “Es como una pequeña joya”, dice al hablar del pueblo. “La gente vuelve porque aquí se sienten como en casa”.

Escuchándola, es fácil entender por qué, tarde o temprano, cualquier conversación sobre Porto Ercole acaba desembocando en el hotel Il Pellicano. “En realidad, toda su historia es una historia de amor”, explica. Y es difícil encontrar una mejor prueba de ello. Patricia Daszel, una socialité estadounidense, quedó fascinada por el piloto británico de guerra Michael Graham después de verlo fotografiado en un periódico como superviviente de un accidente aéreo. Años después se conocieron en Pelican Point, en California, se enamoraron y encontraron en unos terrenos de la familia Borghese, suspendidos sobre una cala de aguas cristalinas de Argentario, el lugar perfecto para construir una casa e invitar a sus amigos. Aquella residencia acabaría convirtiéndose en el hotel, que inauguraron en 1965.

Ahora, 60 años después, Il Pellicano parece haber conservado una manera de entender el verano. Una buena parte de las fotografías más conocidas de Slim Aarons se tomaron aquí. El embarcadero, las plataformas junto al mar y las icónicas toallas de rayas amarillas y blancas siguen formando parte del paisaje. También la forma de vivirlo: un baño antes de comer, una sobremesa que se alarga y, al caer la tarde, el Bar Roberto, donde Federico Morosi lleva 18 años detrás de la barra.

La familia Sciò ha sido clave para conservar el carácter del alojamiento. Roberto Sciò llegó primero como huésped, se enamoró del lugar y lo hizo suyo en 1979. Desde entonces, el hotel ha mantenido esa combinación de elegancia relajada y discreción, hoy bajo la dirección de su hija Marie-Louise, y que también se percibe en La Posta Vecchia, la histórica propiedad familiar cerca de Roma.

El espíritu de Il Pelicano también se percibe fuera del hotel. Ornella me insistió varias veces en que pasara por Medusa a la hora del aperitivo, un pequeño local abierto por Stefano y Alin, dos antiguos miembros del equipo que decidieron emprender su propio proyecto. Pedí una bruschetta de tomate y mozzarella mientras observaba la escena. Solo se escuchaba hablar italiano y sentí nostalgia de ese Mediterráneo de antes, con más veraneantes que turistas.

Cuando le pregunté a Ornella qué explicaba mejor Porto Ercole, no mencionó los hoteles ni los famosos. Habló de quienes crecieron veraneando aquí y siguen regresando cada año. Aunque esa fidelidad de la que hablaba no ha impedido que el pueblo empiece a escribir un nuevo capítulo. LA ROQQA es probablemente el mejor ejemplo. Inaugurado en 2023, hacía años que la apertura de un hotel no generaba tanta conversación en el pueblo. Mientras que Il Pellicano está más escondido sobre el acantilado, aquí el hotel forma parte de la vida cotidiana. Al cruzar la puerta, una puede mezclarse con las calles del centro o improvisar un aperitivo antes de regresar. Desde la entrada, donde suele descansar un pequeño Fiat descapotable que parece sacado de una fotografía de los años sesenta, LA ROQQA deja clara su personalidad. El interiorismo combina referencias retro, diseño contemporáneo y una paleta inspirada en los colores del puerto.

La mejor hora para subir a su rooftop Scirocco quizá no sea la cena, sino ese momento previo en el que el sol empieza a caer sobre Porto Ercole y el puerto cambia de color. La barra rinde homenaje a Caravaggio, con creaciones inspiradas en algunas de sus obras más célebres y reinterpretaciones del clásico Negroni. En la cocina también manda el producto local. Pescados del Tirreno, pasta fresca preparada a mano, verduras de temporada y vinos de la Toscana dan forma a la carta. Uno de los platos preferidos de la casa es su spaghetto otto pomodori, preparado con distintas variedades de tomate cultivadas en los alrededores de Porto Ercole.

Explorando los alrededores

Quienes tienen algunos días más encuentran motivos de sobra para seguir explorando Argentario. A pocos minutos a pie desde Porto Ercole está la cala Le Viste. Hacia el norte, La Feniglia es una playa de arena bordeada por un pinar protegido perfecta para pasar la mañana, mientras que Spiaggia Lunga es más tranquila y salvaje.

La historia aparece donde menos se la espera. En Forte Filippo, fortaleza que los españoles levantaron en el siglo XVI para proteger la ruta marítima entre sus territorios italianos, y que sigue dominando la bahía a lo alto de las colinas. O en el último viaje de Caravaggio, que pasó aquí sus últimos días y murió en 1610 mientras intentaba regresar a Roma. A pocos kilómetros, Porto Santo Stefano es el punto de partida de los ferris hacia las islas de Giglio y Giannutri. Están integradas en el parque nacional del Archipiélago Toscano, el mayor parque marino protegido de Europa.

Porto Ercole conserva algo que resulta cada vez más difícil de encontrar, porque aquí las tardes siguen midiendo el tiempo en baños, aperitivos y conversaciones que se alargan sin mirar el reloj. Quizá por eso la dolce vita, más que una promesa, sigue pareciendo una forma de vivir.

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