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El minarete de Kalyan se salvó de la furia de Gengis Khan gracias a su impresionante figura.
Bujará es de esas ciudades que cuando la pisas por primera vez sientes que un "yo" del pasado estuvo ahí. Son millones de huellas las que han marcado el camino hacia un lugar conocido desde antiguo por mercaderes y aventureros que recorrían la Ruta de la Seda buscando negocios y otras vidas.
Quizás también tenga que ver que en el siglo X rivalizó con Bagdad en conocimiento ya que contaba con " El almacén de la Sabiduría ", una biblioteca con más de 45.000 volúmenes.
No es de extrañar que entre las calles de este oasis en mitad de un desierto de rocas (física y metafóricamente) naciera y creciera Avicena, el médico más influyente en la Edad Media.
Además, esa mezcla de acentos y lenguas fue la base para buscar una nueva forma de acercarse a Alá tras su islamización. Si de aquí era Bujari, uno de los principales recopiladores de los hechos del profeta; aquí también nacieron los siete grandes santos sufíes de la Hermandad de Naqshbandi, el camino más místico de los musulmanes para llegar a Dios.
La que fuera la capital del imperio Samánida, que la devolvió a la vida, siempre ha jugado un papel clave en la famosa Ruta de la Seda, lo que llenó el centro de la ciudad de caravasares (antiguos hospedajes para comerciantes y camellos) donde los extranjeros descansaban, contaban legendarias historias y gastaban su dinero.
Se calcula que en el siglo XI, el oasis entero llegó a contar con casi 50.000 habitantes, doblando el número de vecinos en el siglo XVI. Por eso, no sorprende nada que se levantara entre sus muros la mezquita más importante de Asia Central, la de Kalyan.
Su enorme patio, donde caben 12.000 musulmanes rezando, todavía impresiona por su tamaño y por la eterna vigilancia que ejerce el " Minarete de la Muerte ", como se le conoce dentro del complejo de Po-i-Kalyan.
Cuentan que esta torre almenada, con unas enormes escaleras que suben hasta su corona, era el lugar desde donde se lanzaban en la Edad Media a los delincuentes sentenciados.
Pero hay otra leyenda que le hace más justicia a la belleza de su imponente figura: cuando en 1220 el terrible Gengis Kan conquistó la ciudad y arrasó con todo lo que se encontró a su paso, el minarete quedó intacto porque al elevar la vista hacia su remate, el gorro del guerrero se cayó al suelo, tuvo que agacharse a cogerlo y todos lo tomaron como una reverencia ante el minarete.
Frente a la mezquita de Kalyan encontramos la madrasa Mir-i Arab, la tercera pata de este impresionante complejo. Aquí estudiaron religión y leyes algunas de las personalidades más importantes de las antiguas repúblicas soviéticas porque incluso siguió funcionando como centro islámico bajo el régimen de Stalin.
Si algo impresiona de Bujará es que mantiene su verdadero corazón amurallado. La Fortaleza Ark es la antigua residencia de los emires de Bujará y sus muros llegaron a tener una extensión de 12 kilómetros de largo en arcilla comprimida que han marcado el alma de la ciudad.
Ahora sólo quedan unos 800 metros que dan acceso a la Ciudadela a través de sus únicas dos históricas puertas en pie.
Dentro del recinto, aún se respira esa vida de emires y majarás que siguieron viviendo en un mundo ideal hasta 1920, con la guerra civil rusa y la llegada de los soviéticos. Y es que no hay que olvidar que, aunque la mayoría de la población en Bujara es tayica, Moscú decidió convertirla en una ciudad más de Uzbekistán en 1924, unos años después de proclamarse república.
La magia de esta joya de arcilla y ladrillos está, sin duda, en los bazares cubiertos llenos de tiendas de artesanía, telas y recuerdos de la época soviética, y en los antiguos caravasares que ahora acogen arte moderno dentro de la Bienal que celebran cada año, en un contraste cultural que demuestra que Bujará sigue siendo un espíritu libre.
Lo mejor para descubrirlo es partir de la plaza Lyabi-Khauz, un estanque rodeado de madrasas donde sentarse en las terrazas a revivir los fantasmas de la Ruta de la Seda que siguen caminando.
Después depende de qué queramos comprar, podemos ir a Taqi-Zargaron, donde se juntan los joyeros, Taqi-Telpak Furushon, en busca de un elegante sombrero o Taqi-Sarrafon, una de las zonas más importantes de la ciudad pues aquí cambiaban el dinero forasteros venidos de todas partes.
Entre medias, es fácil encontrarse con tiendas de alfombras de seda, de sus famosos tapices bordados, suzani en uzbeco, y hasta de cuchillos que se forjan junto a talleres de madera.
A cada paso en nuestro camino atravesamos puertas hacia otro siglo: un hamam del siglo XVI, una mezquita del siglo XVII, un pequeño caravasar del siglo XVIII, un taller de alfombras que sigue vivo desde el siglo XIX o recuerdos para los nostálgicos de la antigua Unión Soviética que se acomodan entre souvenirs propios del siglo XX.
Antes de arrancarnos de ese viaje en el tiempo, no podemos dejar de visitar dos monumentos más alejados del centro pero únicos. El primero es el mausoleo de Ismael Samani, el fundador de los samánidas que habría sido enterrado dentro del monumento más antiguo de la arquitectura islámica en toda el Asia Central.
Hecho en ladrillo cocido y decorado con detalles propios de la cultura zoroastra, previa al Islam, este mausoleo se salvó de la ira de Gengis Kan porque durante siglos permaneció enterrado en arena y lodo hasta que unos arqueólogos lo desvelaron en 1930.
El segundo es la peculiar madrasa de las cuatro torres, Chor Minor. Según la leyenda, fue encargada por un rico comerciante que había visitado el Taj Mahal y quiso emular en Bujará un edificio de la misma belleza. Cada minarete es distinto y hay quien cree que reflejan las cuatro religiones del mundo, con detalles propios, y siendo la gran cúpula el Dios que los une.



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