martes, 4 de agosto de 2026

Canal Curiosidades : Ni espadas españolas ni leyenda negra: el hallazgo en dos momias que demuestra qué conquistó realmente América

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Cinco siglos después del colapso de las grandes civilizaciones prehispánicas, un descubrimiento biológico vuelve a sacudir los cimientos de la historiografía tradicional. ¿Hasta qué punto el destino del hemisferio occidental se decidió en el campo de batalla mediante la superioridad táctica europea y las alianzas indígenas, y cuánto dependió de un enemigo invisible que se propagó en el aire? Un estudio publicado en Science y difundido por Nature aporta la primera evidencia molecular directa de que el virus de la viruela llegó a América durante la expansión colonial. El hallazgo no solo proporciona rigor genético a las crónicas del siglo XVI, sino que reaviva una discusión incómoda sobre los verdaderos motores de la catástrofe demográfica americana.

El descubrimiento arqueológico comenzó en el desierto del norte de Chile de forma fortuita. Un equipo internacional de investigadores analizaba el ADN de restos humanos procedentes del yacimiento de Camarones 9 cuando detectó secuencias genéticas del patógeno (Orthopoxvirus) en dos individuos enterrados durante los primeros años de la colonia. Tras lograr la reconstrucción de sus genomas y compararlos con bases de datos globales, los científicos determinaron que la variante pertenecía a un linaje europeo. Se trata de la primera prueba biológica incontrovertible de la introducción del virus durante el proceso de colonización en Sudamérica.

Hasta este momento, la reconstrucción de la epidemia dependía casi en exclusiva del testimonio escrito de frailes e historiadores. Como señala la investigadora Constanza de la Fuente, de la Universidad de Chile, la paleogenómica permite identificar episodios de contagio que escaparon por completo al registro documental de la época. Las pruebas confirman que el patógeno ya circulaba activamente entre las comunidades nativas durante los primeros años del contacto transatlántico, dejando una huella biológica incuestionable en individuos cuyas vidas jamás fueron recogidas por los cronistas coloniales.

Más allá de verificar un hecho histórico, la investigación ofrece claves sobre la propia biología evolutiva del virus. Los análisis demostraron que esta antigua variante conservaba una cantidad mayor de genes activos en comparación con las cepas modernas, aunque menor que las secuencias aisladas en enterramientos vikingos del siglo VII. De acuerdo con la revista Nature, la viruela experimentó un proceso de pérdida génica a medida que se adaptaba al hospedador humano. Este fenómeno de simplificación genómica resulta fundamental en la actualidad para prever la evolución y el comportamiento de otros ortopoxvirus emergentes, como el responsable de la mpox (viruela del mono).

Llegada de las enfermedades al Nuevo Mundo

Esta evidencia molecular respalda de forma directa las investigaciones históricas recopiladas por el historiador John Schmal. Según su análisis sobre la llegada de enfermedades al Nuevo Mundo, la viruela irrumpió en el Caribe a principios del siglo XVI y desembarcó en el continente americano hacia 1520. Su llegada a México coincidió con el momento defensivo más crítico de Hernán Cortés, tras su precipitada huida en la conocida como Noche Triste. Mientras los españoles reorganizaban sus filas en Tlaxcala, la viruela asoló Tenochtitlán durante más de dos meses, dejando a la capital mexica sumida en la parálisis e incitada al colapso interno.

Las crónicas de la época, como las redactadas por Fray Toribio Motolinía, describen cuadros dantescos en los que la población sucumbía no solo por la agresión del virus, sino por la incapacidad de alimentar o enterrar a sus enfermos. La epidemia segó la vida de figuras militares clave, como el emperador Cuitláhuac, desarticulando las cadenas de mando de la resistencia azteca. Además, las rutas comerciales e infraestructuras del propio imperio aceleraron la propagación del virus hacia el sur, alcanzando a los pueblos mayas e integrándose en los Andes años antes de la invasión física de Francisco Pizarro.

Sin embargo, reducir el proceso de la conquista a un mero accidente biológico resulta una simplificación historiográfica. Los especialistas recuerdan que la presencia de los virus no invalida el peso de las dinámicas sociales y políticas. El éxito de las tropas españolas dependió en gran medida de las alianzas militares estratégicas entabladas con comunidades indígenas descontentas bajo el dominio mexica —como los tlaxcaltecas—, el asedio naval prolongado y las profundas divisiones internas preexistentes. Las enfermedades actuaron como un catalizador letal que multiplicó el caos, pero operaron sobre una fractura política previa.

Por otro lado, la investigación sitúa el concepto de colonización en un marco analítico más amplio. Los investigadores de la Universidad de Chile sostienen que el impacto del dominio europeo no puede medirse únicamente en términos territoriales, económicos o religiosos, sino también biológicos. La integración del Nuevo Mundo en las rutas comerciales globales implicó un intercambio involuntario pero devastador de microorganismos entre poblaciones con historiales inmunológicos asimétricos. El colonialismo funcionó como una red de transmisión masiva para patógenos contra los cuales los pueblos nativos carecían de defensas genéticas.

¿Guerra biológica en la era de la conquista?

El debate científico aborda también la intencionalidad de estas epidemias. Las publicaciones en Nature y New Scientist coinciden en que no existen pruebas de que la introducción de la viruela en el siglo XVI respondiera a una estrategia consciente de guerra biológica por parte de los primeros conquistadores. No obstante, las condiciones de sometimiento, la explotación en minas y encomiendas y el desplazamiento forzado de comunidades crearon el escenario idóneo para que un patógeno infeccioso diezmase hasta al 80% de la población nativa en las regiones más castigadas durante las décadas posteriores.

Cinco siglos después, la convergencia entre la arqueología, la genética y la historia demuestra que la conquista de América no fue un evento lineal explicable desde una sola disciplina. Las espadas, los caballos y la diplomacia determinaron el avance imperial, pero los microorganismos reconfiguraron el mapa demográfico del continente de manera irreversible. Al iluminar las pruebas ocultas en el ADN de dos individuos que vivieron la catástrofe hace cuatrocientos años, la ciencia confirma que algunos de los actores más decisivos en la transformación del planeta actuaron en una escala invisible a la vista humana.

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