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Un estudio liderado por investigadores de la Universidad de Helsinki y publicado en Journal of Vertebrate Paleontology ha reconstruido uno de los capítulos más extremos de la fauna de Sudamérica durante el Mioceno. El análisis de fósiles de entre 10,5 y 16 millones de años aporta pruebas directas de ataques sufridos por grandes herbívoros. Las marcas conservadas en sus huesos permiten identificar qué depredadores ocupaban la cúspide de aquellos ecosistemas tropicales. Entre ellos sobresale un enorme pariente de los actuales caimanes.
Ese animal era Purussaurus neivensis, un crocodiliforme que podía alcanzar aproximadamente 7 metros de longitud y 1.800 kg de peso. Los investigadores lo sitúan entre los principales depredadores de la región y consideran que estaba preparado para atacar a mamíferos de grandes dimensiones. Algunas de sus posibles presas superaban la tonelada y presentaban cuerpos comparables, por su robustez, con los de los actuales rinocerontes. Su tamaño convertía cada encuentro junto al agua en una lucha entre auténticos gigantes.
La clave para reconstruir esas escenas no procede únicamente de estimaciones anatómicas, sino de huellas físicas conservadas en los fósiles. El equipo examinó un cráneo parcial, un fémur y dos mandíbulas pertenecientes a tres tipos distintos de ungulados hallados en el actual desierto de La Tatacoa, en Colombia. Las perforaciones y marcas dentales coinciden por tamaño y morfología con las que habría dejado Purussaurus. Estas lesiones constituyen una rara evidencia directa de la interacción entre depredador y presa millones de años después de producirse.
Un superdepredador del Mioceno
La abundancia de señales atribuidas al gigantesco crocodiliforme refuerza la hipótesis de que dominaba la cadena alimentaria en una parte de Sudamérica. "La frecuencia de marcas probablemente producidas por Purussaurus sugiere que era un depredador importante en estos ecosistemas tropicales", afirma Oscar Wilson, investigador posdoctoral de la Universidad de Helsinki. El paisaje era muy distinto del actual y albergaba lagos extensos, tortugas gigantes y una extraordinaria diversidad de mamíferos herbívoros. Esa disponibilidad de alimento permitió mantener una comunidad de grandes cazadores.
Purussaurus neivensis tampoco estaba solo. Compartía territorio con anacondas gigantes, aves del terror, mamíferos con dientes de sable y sebecos, parientes terrestres de los crocodiliformes. Sin embargo, el nuevo trabajo otorga a estos últimos un peso especialmente relevante cuando las presas eran animales de gran tamaño. "Había tantas presas disponibles que los depredadores mamíferos no podían comérselas todas", explica Wilson. "Nuestro nuevo estudio muestra que los crocodilianos, en particular, eran los depredadores más importantes de la región, especialmente cuando se trataba de cazar grandes presas".
Las heridas observadas permiten incluso plantear cómo podían desarrollarse algunos ataques. Los investigadores consideran posible que Purussaurus sorprendiera a los herbívoros cuando se acercaban al agua, sujetándolos por la cabeza antes de emplear una mordida extremadamente poderosa. Después habría podido utilizar movimientos de torsión similares al conocido giro de la muerte de los cocodrilos actuales para desgarrar o desmembrar a la presa. Los restos abandonados también quedaban disponibles para otros animales carroñeros del ecosistema.
El estudio ofrece así una imagen de Sudamérica anterior al gran intercambio de fauna con Norteamérica, cuando los mamíferos carnívoros todavía no monopolizaban los niveles superiores de la cadena trófica. Según los fósiles analizados por la Universidad de Helsinki, los grandes crocodiliformes desempeñaron un papel decisivo en la regulación de herbívoros capaces de superar una tonelada.
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