viernes, 6 de febrero de 2026

Canal Curiosidades : El 'hereje' flamenco que hizo a Groenlandia mucho más grande de lo que es: la mentira de la escala Mercator

 

Gerardus Mercator era el “chico de oro” de la ciencia en la Lovaina de la década de 1530. En 1537 ya había asombrado a Europa con un mapa de Palestina nacido de su obsesión por el detalle, y solo un año después lanzó su primer mapamundi en forma de corazón. No era un simple dibujante; era un artesano que fabricaba sus propios instrumentos y un matemático que quería meter el cosmos en un pedazo de papel. Su prestigio era tal que el mismísimo Carlos V reclamaba sus globos terráqueos.

Pero en la Europa del siglo XVI, la inteligencia era un arma de doble filo. Esa misma curiosidad que le llevaba a viajar y a cartearse con científicos de todo el continente fue la que levantó las sospechas de la Inquisición. En 1544, lo detuvieron en una purga contra el luteranismo; lo acusaron de ser un “infiltrado” intelectual porque sus contactos y sus libros no pasaban el filtro de Roma. Tras siete meses de celda y ver de cerca la hoguera, salió libre por falta de pruebas, pero ya no era el mismo hombre.

Aquel trauma cristalizó en enero de 1569. Mercator se encontraba en su estudio de Duisburgo, lejos ya de las garras de Lovaina, enfrentado al problema que nadie había resuelto en siglos. El mundo era redondo, pero el papel seguía siendo plano. Es la tragedia del cartógrafo: si intentas representar una esfera en una hoja, la realidad no encaja. Mercator usó una lógica que hoy es básica: la de la naranja. Si pelas una naranja e intentas aplanar la cáscara sobre una mesa, la piel se raja. Para que el dibujo sea continuo y útil para un marino, tienes que estirar los bordes. Tienes que mentir.

Mercator decidió que esa trampa era necesaria. Y para lograrlo, estiró el mundo usando como fuentes principales las cartas náuticas españolas y portuguesas, mucho más precisas que cualquier mapa de la época. Decidió que, a medida que el mapa se acercaba a los polos, la escala debía inflarse. Como un chicle que estiras por los extremos para que no se rompa por el centro. Al tomar esa decisión, deformó los continentes, pero regaló a los navegantes una herramienta de ingeniería radical, donde un capitán puede trazar una línea recta y llegar a puerto vivo. Aquella “mentira” técnica fue su obra maestra. Grabó 18 planchas de cobre que, una vez ensambladas, medían dos metros de ancho. Y reinventó el planeta.

Esa distorsión iba a condicionar la visión geopolítica de la humanidad durante los siguientes 450 años. Su mapa no fue diseñado para los colegios, sino para los capitanes, pero su uso se volvió universal.

El resultado es la mayor alucinación colectiva de la historia. En el mapa de Mercator, Groenlandia es un coloso blanco que parece competir en tamaño con toda África. La realidad es que África es catorce veces más grande que Groenlandia. Podrías meter la isla helada dentro de África y aún tendrías sitio para encajar a Estados Unidos, la India, China y buena parte de Europa.

En el mapa de Mercator, Europa es el centro. Es una geografía del ego. Aquel hombre, que en realidad nació llamándose Gerard de Kremer pero latinizó su nombre a Gerardus Mercator para sonar más sabio, también rebautizó los libros de mapas. Fue él quien decidió que debían llamarse Atlas. Pero hay un detalle que casi nadie conoce: no bautizó sus libros por el gigante mitológico condenado a cargar el mundo, sino por un legendario rey de Mauritania, al que consideraba el primer gran astrónomo. De hecho, en la portada de su obra póstuma de 1595 no dibujó a un titán con el mundo a cuestas, sino a ese rey sabio sentado con un compás en la mano, midiendo la esfera con la calma del que domina el caos. Fue su último guiño: la ciencia, y no la fuerza bruta, es la que sostiene el planeta.

Aquí es donde entra la pregunta del millón: ¿Por qué seguimos usando este mapa si sabemos que es falso?

Existen alternativas mucho más honestas. En 1973, Arno Peters presentó un mapa que respetaba las proporciones reales de los continentes. En su proyección, África y Sudamérica recuperaban su majestuosidad, y Europa y Groenlandia quedaban reducidas a lo que realmente son: pequeños apéndices en un mundo inmenso. Cuando Arno Peters presentó su mapa, donde el Tercer Mundo recuperaba su tamaño real, lo hizo con un discurso tan político que la comunidad de cartógrafos lo rechazó. Lo llamaron “propaganda para el Tercer Mundo”.

Dijeron que el mapa parecía “un par de calzoncillos largos tendidos al sol”. Pero es que, además, la “revolución” de Peters tenía truco: esa proyección ya la había inventado un clérigo escocés, James Gall, en 1855. Gall la había presentado ante la Asociación Británica para el Avance de la Ciencia un siglo antes de que Peters reclamara el mérito.

En realidad, el mapa de Gall-Peters es “feo” porque nos hemos acostumbrado a ver a Europa en el centro y a los países del norte como gigantes protectores. Pero, además, si hablamos de utilidad pura, Mercator sigue siendo insuperable. Su truco es sencillo: mantiene los ángulos intactos. Cuando giras una calle a 90 grados, el mapa te muestra ese mismo giro, limpio y recto, sin trampas. Con Gall‑Peters eso se va al garete: las calles se doblan, los ángulos se descuadran y lo que debería ser una esquina se convierte en una curva. Cambiar de mapa provocaría un caos irresoluble en las distancias cortas.

Google Maps podría haber elegido cualquier proyección del mundo… y aun así se quedó con Mercator. Porque al usuario medio le importa más no perderse en Lavapiés que el tamaño real de Brasil.

Al final, la historia de Mercator es la de una “herejía” necesaria. Su mapa salvó miles de vidas en el mar, pero condenó a generaciones de estudiantes a vivir en un planeta que es muy distinto de cómo lo pintaron. Y todo apunta a que seguiremos durante muchísimo tiempo caminando por la Tierra usando las gafas trucadas, pero geniales, de un hombre que vivió hace 500 años.


La ilustración representa al cartógrafo flamenco Gerardus Mercator (nacido como Gerard de Kremer, 1512 - 1594), con un globo terráqueo y un compás en sus manos. Él ideó un formato de diseño para mapas geográficos, hoy llamado proyección de Mercator, para su mapamundi de 1569.
Mapa original de Mercator en 1969. Un grabado formado a partir de 18 planchas de cobre que ensambladas miden dos metros de ancho.
Mapa de Mercator moderno en el que se puede apreciar el tamaño exagerado de Groenlandia y reducido de África. También queda exageradísima la superficie de Rusia, que es entre un 50 y un 60% más pequeña.
En el mapa de Gall-Peters África y toda Sudamérica son mucho más grandes y el mundo parece estirado. Se parece mucho más a la realidad, pero trabajar con él es mucho más complicado.





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